Dulcero, oficio que permitió a “Don Rafael” una vida diga

Juan David Castilla Arcos. Xalapa. Rafael Ramos Zendejas carga todos los días una tabla con 200 bolsas rellenas de dulces, chicles, gomitas, mazapanes, pistaches, cacahuates y otros productos.

Durante 25 años ha comercializado su mercancía en el crucero de la avenida Manuel Ávila Camacho, con dirección al Viaducto del parque Benito Juárez.

Porta una gorra que dice “New York”, Camisa azul cielo, pantalón de mezclilla y tenis, para mayor comodidad.

El señor nació en Xalapa y no tuvo la oportunidad de estudiar.

“Como no tengo estudios, se me hizo más fácil empezar a trabajar en esto”.

Actualmente, tiene 46 años y con el oficio que practica ha dado lo necesario a sus dos hijos, quienes cursan sus estudios superiores en la Universidad Veracruzana (UV).

Rafael pasa horas bajo el Sol, para garantizar el sustento de su familia.

Recuerda que el exgobernador de Veracruz, Fidel Herrera Beltrán y el exalcalde de Xalapa, Américo Zúñiga Martínez, han sido sus clientes.

“Me han comprado chicles, dulces, me han hecho el gasto (personajes de la política)”, narra.

GANANCIAS

Ramos Zendejas también vende el periódico de mayor tiraje en la ciudad.

En un día con suerte, logra comercializar hasta 15 ejemplares.

Rafael cree que sus ganancias son positivas. En un día bueno, obtiene 300 pesos y, un día malo, apenas alcanza los 200.

Las bolsas con dulces cuestan cinco, diez o 15 pesos, dependiendo del producto.

La crisis económica en el país ha afectado sus finanzas, toda vez que los costos de sus productos se han elevado.

“Antes el dulce estaba más barato. Ahorita ya está más caro todo, ya no es lo mismo pero gracias a Dios todavía alcanza para comer”.

Lo que más vende son cigarros sueltos y dulces. Aprovecha cuando el semáforo está en rojo para acercarse a los conductores y motivarlos a comprarle.

El dulcero recuerda que solo trabaja sobre la avenida Ávila Camacho. A su juicio, no ha sido necesario buscar otros puntos de venta.

HOSTIGAMIENTO

En administraciones municipales pasadas, personal de la Dirección de Comercio lo hostigaban con frecuencia.

Le decían a Rafael que no podía vender en el Centro Histórico de la ciudad.

Sin embargo, afortunadamente, en la actualidad, lo dejan trabajar sin ningún problema.

“Me decían que yo estaba en la zona centro, que no se puede vender aquí, que ni había permisos para vender y todo eso”.

El comerciante se siente orgulloso de su oficio, pues, a su juicio, se trata de una actividad que le permite sacar dinero para comer y trabajar honradamente.

“Siempre me he dedicado al comercio. Mis hijos ya son universitarios, mi hija tiene 24 años y mi hijo 21 años, ambos ya están a punto de concluir sus estudios”, comenta.

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